letras en el tiempo de lourdes aquino

lunes, 1 de abril de 2013

UN PERFECTO RUFIAN






Juancito era un chico travieso, su vida en las calles de la ciudad empezó a los diez y seis años  cuando sus padres deshicieron la unión de tantos años de matrimonio. De dicha unión surgieron dos bellos retoños, Juan Carlos Taipes conocido en todos los suburbios como Juancito, y Leonel el chiquillo que no paraba de llorar.

De sus padres muy poco se conoce; solo que cada uno decidió vivir a su manera.  

Juancito, todo un rebelde; su temperamento inquieto iba en contra de lo establecido. En el colegio siempre obtuvo las peores calificaciones, su interés se centraba en cazar pájaros, hacer maldades a las muchachas cuando salían de clases y una montaña de travesuras mas que aquí no podría describir por falta de espacio.

Con este panorama el chiquillo decide realizar la danza de las casas, buscando un poco de afecto, un lugar donde se sintiera cómodo; que se le aceptara. Así , visito mas de una docena no obteniendo el resultado deseado.

Un día despierta muy temprano, de madrugada; se levanta, ve el sucio reloj que le había obsequiado su madre en uno de sus cumpleaños.  Eran las cuatro de la mañana.

La luz tenue de la calle iluminaba la ventana de aquel cuartucho donde un amable vigilante le permitió pasar la noche.

Despacio se acerco a ella, como si temiera de lo que afuera pasaba. La luna en su esplendor vigilaba al planeta y sus habitantes; se quedo inmóvil, los pies descalzos, el pecho descubierto, los ojos repletos de lagrimas.

La calle en un abismal silencio acogía al grupo de chicos que como el no tenian paradero fijo.

 Un simple colchón viejo y sucio, una sabana que decía palabras huecas, una pierna flaca, desnuda, curtida y marcada; ella delataba la vida o la muerte.

Dos mas se hallaban alrededor de la pierna, jugaban con algunos envases, veían al que yacía sin moverse.

La curiosidad como un río inundo a Juancito y decidió ir con ellos; afuera el aire frío templo su piel, cruzo la calle, sus pasos lentos pero decididos se iban acercando al grupo.

-¡Que mas!-Dijo a secas-. 

Ellos le miraron con desconfianza y se abalanzaron sobre la pierna.

Se sentó en el suelo, no hizo preguntas, solo quería su compañía.

La aurora entro, incandescente y de pronto el mayor de los chicos le azuzó; Juancito no se fue y el chico saco su arma, un chuzo muy bien hecho.

Lo apunto con el de manera amenazante pero Juancito no se aparto, ya nada le importaba, vivir o morir le daba igual.

El muchacho comprendió el mensaje y guardo el arma. En silencio levanto la sabana dejando al descubierto el cuerpo al que pertenecía la pierna.

Un pequeño niño con el cuerpo lleno de llagas; se había ido ya…

Las lágrimas rodaron por las mejillas de los dos compañeros, el dolor se reflejo en sus rostros demacrados y desnutridos y se hizo el silencio.

Desde aquel instante Juancito entro al clan de los granujas de la calle. Debían deshacerse del cuerpo y seguir adelante. Lo hicieron en silencio con todo el debido respeto; las llamas borraron lo que había sido un cuerpo.

La vida continuaba, el cielo les avisto y se endureció como endurecida estaba la vida de ellos.

Juancito fue bautizado como el nuevo rufián, su prueba fue dura; nunca había robado pero había llegado el momento.

Por muchos años recorrió las calles de aquella convulsionada ciudad, solo o acompañado, el se comía el mundo.    Entre autos nuevos y viejos se convirtió en el perfecto rufián para abrirlos y sacar bienes de valor.

Su carrera iba en ascenso y aunque en muchas ocasiones se enfrento a la policía, la suerte estaba a su lado. Amaba el dinero, las buenas ropas y comer en restaurantes conocidos.

-¿Qué donde vivía?

Eso nunca se supo, tenia guaridas por toda la ciudad y se movía con tal agilidad que las gacelas se ponían celosas.

Pero un día la suerte se fue.

Como de costumbre planeo el lugar donde trabajaría ese día, llego, siempre con paso rápido, la calle se lo había enseñado.  Una fila enorme de autos le esperaban, sus dueños en sus ocupaciones no sospechaban la presencia del pequeño rufián.

Se coloco los guantes, tomo sus implementos de trabajo y se dispuso a abrir el primero; fue fácil, el mas fácil en su carrera. Saco el estereo y una vez fuera del auto sintió un impacto en su pecho. Sus rodillas se doblaron, una nube negra cubrió su vista, lo hurtado cayó al suelo y detrás el cuerpo de Juancito.

La sangre se derramo creando un gran charco a su alrededor, un grupo de curiosos se hizo presente en el lugar del hecho.

Jauncito, el perfecto rufián se iba,  solo como fue su vida. El mes próximo cumpliría año…cuantos?...

No importa, total fue el último.

Quiso balbucear algo pero no pudo…

A lo lejos un hombre grueso y alto se quitaba los guantes, para el fue el crimen perfecto…



                                                             Lourdes Aquino